De galgos y podencos

Paseaba el otro día en bici con mi hijo cuando un detalle de la calzada me obligó a parar. El motivo eran unas tapas del alumbrado eléctrico que hubieran provocado un infarto al bueno de Hercules Poirot.

Mientras observaba lo que véis en la foto intentaba deducir qué narices pasaba por la cabeza del operario cuando la dejó colocada de tal guisa. Mi hijo de dos años resuelve puzzles más complicados, así que conseguir una línea continua debería estar al alcance de todos ¿De verdad es tan difícil hacer las cosas bien?

Cabe pensar que al trabajador se la trae al pairo hacer bien su trabajo, por no decir una ordinariez mayor. Algo tan sumamente sencillo como poner una tapa de una alcantarilla de forma correcta es algo que no entraba en su desempeño “profesional”’.

Esta falta de preocupación por colocar bien una tapa, evidencia que solo existe obligación de arreglar lo estrictamente estipulado sin atender a ningún otro detalle. Si su continuidad laboral dependiera de hacer bien sus tareas en todas sus facetas, otro gallo cantaría. Por desgracia la falta de pulcritud seguramente esté instalada en toda la jerarquía laboral y este trabajador tan ‘poco cualificado’ se ve respaldado por sus supervisores.

Desgraciadamente este no es un caso aislado. Tal vez no sea fácil encontrar ejemplos tan flagrantes en nuestro día a día pero por desgracia seguro que podéis citarme más de un caso. Si el problema es transversal, la solución habrá que buscarla en la base, en el sistema educativo, el institucional y el familiar.

Pese a las multiples reformas educativas, nuestro sistema es cada vez más pobre en valores como el trabajo bien hecho o la responsabilidad. Y en lugar de buscar una solución nos perdemos en debates maniqueos avivados por la propaganda proindependentista del ministro Wert. Al mismo tiempo muchos padres se desentienden de la educación de sus hijos transfiriendo integramente esta responsabilidad a los profesores, colectivo cada vez más maltratado.

Si el padre de Steve Jobs solo se hubiera preocupado de enviarlo a la universidad como prometió a su madre biológica y no le hubiera inculcado el amor por “hacer bien las cosas” preocupándose “incluso por las partes que no se podían ver”, seguramente no habría sido capaz de revolucionar el mundo de la música, ordenadores personales, videojuegos, películas de animación,…

Aprendamos de los buenos ejemplos, y mientras los politicos discuten sobre si son galgos o podencos, pongamos nuestro grano de arena educando a nuestros hijos en valores y el trabajo bien hecho que buena falta nos hace.

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