Beirut II

Como ya expliqué en un post anterior Líbano sufrió una cruenta guerra civil durante quince años hasta hace relativamente poco. Esto hizo que actualmente en el país no exista casi clase media. O eres rico o no, y una de las formas más comunes para subsistir que tienen sus habitantes menos afortunados es el taxi. Para mí que el 90% de los coches que circulan por la ciudad de Beirut son taxis. Los hay de todo tipo: de compañía, particulares, colectivos, “piratas”… y como hay tanta oferta, el pasajero se convierte un objeto muy codiciado. Debe ser el único país del mundo dónde los taxis te llaman a ti en vez de tu a ellos. Caminar por la calle se convierte en una serenata de bocinazos de todos los coches con los que te cruzas reclamando tu atención para que subas en ellos. Los taxistas insisten aunque sólo sea para cruzar una calle (os lo prometo). Uno se siente como si fuera una modelo de Victoria’s Secret, un auténtico objeto de deseo. Y una vez montado tienes dos problemas: pagar y el tráfico. Sobre pagar ya os lo conté: saldrás trasquilado siempre que no cierres el precio y lo lleves justo, cualquier otro escenario te produce pérdidas seguro. Sobre el tráfico…

Beirut es para mí el caos circulatorio absoluto. Nadie respeta nada, ni siquiera la más mínima norma elemental de tránsito. Las señales de tráfico son invisibles a sus ojos y los pocos “agentes del orden” que se aventuran a intentar organizar la marabunta automovilística son absolutamente ninguneados. En las calles de Beirut coexisten miles de coches, ya sea el último modelo de Mercedes o uno digno de ser desballestado, luchando por hacerse un hueco imposible. Uno tiene la impresión de estar constantemente en la primera curva de final de recta de un gran premio de F1. Nadie respeta los carriles, la gente conduce buscando el mínimo hueco por donde pueda pasar. No os imaginéis gente cambiando de carril constantemente, si no que si parece que hay un hueco por dónde pasar, acelero que a lo peor luego ya no quepo. Independientemente de si la vía es de uno, dos o tres carriles, siempre cabrá un coche más. Los pocos semáforos (muy pocos) son de adorno. Cambios de sentido inverosímiles, cruces dignos de los autos locos, velocidades de vértigo,… En las rotondas te puedes encontrar que alguien decida tomarla en sentido contrario como si de repente Beirut se hubiera convertido en una colonia británica simplemente para ahorrarse dar tres cuartos de vuelta. Esto ocurre por la noche sin tráfico y durante el día con todo colapsado, da igual. Creo que el sumum lo vivimos el último día cuando circulando por una autopista, una moto, conductor y pasajero (los dos sin casco por supuesto), cruzó la mediana y se vino en contra dirección para cruzar los 4 carriles que venían en sentido contrario y salir de la autopista por el otro lado, muriéndose… de risa. Para flipar! Paradójicamente Beirut es una jungla donde no se ven accidentes, y si tenemos en cuenta su estilo de conducción debería parecer un escenario de una película de MadMax. Supongo que uno se acostumbra a todo hasta a conducir como si viviera permanentemente en un juego de la PlayStation.

Como muestra de lo que digo sirva el viaje en autobús a la cena de gala: El autobús salió con bastante retraso cosa que me extrañó ya que la organización del congreso fue muy buena. Resulta que no arrancamos hasta que aparecieron varios coches y motos de la policía que nos escoltaron durante todo nuestro viaje. En un principio esto te provoca una cierta inquietud pero al rato te das cuenta que no es una situación “peligrosa” sino que es una consecuencia más del tráfico que sufre la ciudad. La policía iba delante nuestro abriendo camino: las motos paraban en cada cruce obligando a los demás conductores a parar, hasta que nuestro autobús y su séquito de luces y sirenas pasaban como una exhalación para así poder llegar puntuales a la cena. Impresionante, no?

Para acabar os diré que este estilo de conducción es aplicable a tierra y mar ya que nos invitaron a una travesía en lancha desde Byblos a Beirut. El primer incidente lo sufrimos al apoyarse uno de los tripulantes en la palanca del motor mientras subía a la lancha. El “desliz” aceleró los motores, hacia atrás por suerte, mientras todavía estábamos amarrados. Después de varios gritos y tirones, y con un buen susto en el cuerpo, fuimos saliendo del puerto poco a poco. Le iban dando golpes a unas piezas (como cuando nuestros padres querían arreglar una tele) mientras dirigían la lancha hacía la bocana. No fue hasta que estuvimos fuera de la protección del puerto que determinaron que no había problemas y que podíamos navegar “seguros”, menos mal! Navegamos siguiendo la costa mientras el sol se ponía a nuestras espaldas. Una postal idílica si no llega a ser porque a medida que oscurecía descubrieron que no todo estaba tan bien en la lancha como parecía, la luz no funcionaba. Además los acelerones y frenazos eran constantes. El piloto reducía la velocidad en seco a cada llamada a su Blackberry. Comprensible si tienes en cuenta el ruido del motor. Pero como el hombre parecía tener una agenda complicada el viaje no tenía nada que envidiar a una atracción de Port Aventura. En una de las arrancadas, tras una llamada al móvil (otra más), el copiloto que nos intentaba hacer una foto para inmortalizar el momento (y quién sabe si para que nuestro hijo tuviera un bonito recuerdo de sus difuntos padres) fue despedido dando una voltereta casi cayendo por la borda ante la impasibilidad de su compañero que lo acusó de haber abusado de los licores de la comida…En fin que exceptuando el susto inicial una travesía de lo más divertido.

Seguirá…

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